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Carta a Insulza

Señor “Pendejo”, lo llamo así porque ese es el nombre que cariñosamente le puso su amigo Hugo Chávez, a quien usted nunca ha contrariado, ni siquiera en ese caso, en el que le dio la razón con su pusilánime silencio y actitud. Me complace mucho que haya encontrado la Carta Democrática que se la había perdido por tanto tiempo, sobretodo cuando se debatió recientemente en la OEA la reincorporación de Cuba. Cuídela bien, no la vaya a perder de nuevo, para que la tenga a la mano cuando se debata (si algún día se atreve) los casos de los actuales gobiernos de Venezuela, Ecuador y Bolivia, entre otros. Pero ya que la encontró y que le es útil ahora para pronunciarse sobre el lamentable caso de Honduras, debería leerla completa y aprovechar para analizar cual es la verdadera amenaza que enfrenta hoy la democracia en el continente.

Verá, existe un principio esencial de la democracia que se llama “supremacía constitucional”, el cual establece que las normas constitucionales no pueden ser cambiadas sino por las propias vías previstas en el texto supremo, pero en ningún caso mediante la voluntad de los gobiernos de turno ni de las mayorías eventuales que los apoyan. Solo así se puede garantizar la pluralidad, la convivencia pacífica, la alternabilidad y los derechos de las minorías, todos estos principios esenciales de los regimenes democráticos. Si se permite que la voluntad colectiva (muchas veces manipulada además) de las mayorías políticas eventuales, estén por encima de la constitución, entonces no habría estado de derecho ni institucionalidad posible, sino, en el mejor de los casos, una dictadura popular. Fíjese que por ejemplo el poder de las mayorías puede elegir en democracia a presidentes, gobernadores, diputados, alcaldes, entre otros cargos de representación popular; pero dichos cargos se encuentran regulados en sus competencias y limitaciones por las Cartas Magnas de los países respectivos. El truco para entender esto es digerir que no hay poder ilimitado en democracia, ni siquiera el de las mayorías, las cuales son en cualquier caso eventuales, o sea, cambiantes, y por lo tanto hay que establecer reglas de juego claras y definidas que garanticen la viabilidad institucional de los cambios políticos propios del juego democrático. Pero si los ganadores parciales del juego tuvieran la potestad de cambiar las reglas del mismo, pues entonces no habría posibilidad de vencerlos y congelarían la democracia perpetuándose en el poder. Eso exactamente es lo que está pasando desde hace tiempo en Venezuela gracias al silencio cómplice de usted y del resto de la dirigencia internacional, así como de los mandatarios de la mayoría de los países del hemisferio. Chávez llegó en 1998 para cumplir un mandato de cinco años y a la fecha lleva diez continuos, sin que exista ya ninguna garantía de culminación del mismo. Era lógico que este nefasto precedente se convirtiera en franquicia y fuera copiado por distintos caudillos latinoamericanos, tanto de derecha como Uribe, como de extrema izquierda como Evo. Actualmente, señor Pendejo, la verdadera pandemia que sufre Latinoamérica es la de la reelección indefinida originada en Venezuela. Claro que usted también está infectado y quiere su reelección como secretario general de la OEA (como que no es tan pendejo entonces).

Insulza, bajo su nefasta gestión, se está congelando la democracia en el continente, mientras la OEA reivindica el antecedente de la dictadura castrista cubana, avala el régimen caudillista y narcisista de Chávez, y se hace la vista gorda ante la pandemia reeleccionista de caudillos de distintos proceder. Pero lo que no entiendo es su doble moral con la cual interpreta la historia y los hechos contemporáneos de nuestro continente. Usted califica como golpe de estado solo el de Pinochet en Chile, el del 11 de abril de 2002 en Venezuela y ahora el de Honduras, mientras que le parece una maravilla la dictadura de Fidel Castro y el sangriento intento de golpe de estado de Chávez el 4 de febrero de 1992 (y sus repetidas conmemoraciones ahora que es presidente electo). Señor Pendejo, golpe es golpe, golpista es golpista y dictador es dictador. Usted puede tener los amigos que quiera y compartir la ideología que desee, pero no puede utilizar a la OEA para avalar unas dictaduras y condenar otras, según su criterio personal. Para eso es justamente la Carta Democrática que recién leyó y que suscribieron todos los países (menos Cuba por supuesto). Ahí están contenidos los principios que deben verificarse a la hora de determinar los niveles de democracia en un país. Úsela. Para decírselo en términos familiares, o hay democracia de la “d” a la “a”, o no hay democracia ninguna. Lo de Honduras es un golpe, claro que sí, pero lo que está haciendo hoy Chávez en Venezuela (y copiado por otros incluido Zelaya) también lo es. No se siga haciendo el pendejo.

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